Por Iván Zgaib

1.
En un bar del Calafate me sirven bagel de cordero patagónico. La moza rubia se acerca con el plato y yo pienso que el menú suena tan internacional como localista; parece una estrategia calculada para el turismo extranjero que se mueve por estas calles. Entonces doy el primer mordisco; la carne jugosa se disuelve en mi boca y se mezcla con el queso derretido. Muerdo de nuevo con entusiasmo, pero mi emoción pronto se transforma. Puedo sentir como si una piedra se hiciera añicos entre mis dientes. Muerdo granitos rasposos que se multiplican y nunca se mezclan con la comida. Cuando escupo los veo ahí, resplandecientes encima del cordero for export repleto de semillas: unos trozos de vidrio están brillando como si fueran una piedra preciosa, quizás alguna extraña reliquia de la zona. “Te pedimos disculpas, no sabemos cómo llegó ahí”, me dicen la moza y la cocinera. “Igual no te va a pasar nada”, repiten como queriendo convencerse a sí mismas; insisten que no voy a morir desangrado como un perro. Dicen casi preocupadas: “Danos tu teléfono, danos tu número así te llamamos para ver cómo seguís”. Pero nunca más llaman.

2.
“Vos invertiste el famoso dicho ‘yo no como vidrio’”, se ríe una amiga por teléfono. La escucho hablar mientras cruzo un pequeño boulevard parquizado para llegar a la terminal de ómnibus. En sólo treinta minutos sale mi colectivo al Chaltén, donde tendrá lugar la residencia para fotógrafos organizada por Nido Errante. Desde las escalinatas, la calle principal del Calafate se ve cada vez más pequeña, pero los sonidos de la gente suenan con fuerza. Un grupo de docentes avanza sobre el cemento y hace sonar bombos que retumban en el pueblo. Entre sus manos, algunos sostienen pancartas reclamando sus sueldos. Aunque mi colectivo sale dentro de pocos minutos, me detengo a observarlos un momento. Mientras dejo el Calafate pienso que, por suerte, algunas personas se niegan a comer vidrio.

3.
Francis me habla sobre un mundo en el que la gente se queda dormida misteriosamente. Se duermen en las veredas, en las cajas de supermercados o en el aula de alguna escuela. En su proyecto fotográfico, la narrativa sigue a una comunidad que se debate entre el sueño y la vigilia. “Me encantaría hacer una foto de varias personas dormidas en un lugar público”, me dice ella. En frente nuestro, los rincones del Chaltén parecen estar desiertos. Son las diez de la mañana y pensamos que la gente probablemente esté subiendo alguna montaña o trabajando en sus casas. Cada tanto, una que otra sombra se refleja desde las ventanas. Las construcciones sobre las colinas, las calles diseñadas con delicadeza, los faroles blancos que se extienden por las veredas limpias hacen ver el lugar como si fuera un estudio de filmación. Todo parece una escenografía perfectamente armada, con los autos fantasmas frenados en las esquinas y los equipos técnicos que todavía no llegaron a filmar. Cuando nos cruzamos a las primeras personas, creo que podrían ser extras de alguna película. “Este lugar parece de ficción”, me dice Francis mientras registra locaciones con su cámara.
En su proyecto, el dispositivo ficcional es uno de los motores que marca la aproximación fotográfica. Pero la idea de un pueblo dormido surge, según ella, de una molestia por la coyuntura política actual; es la contradicción entre no querer ver lo que sucede y el anhelo de hacerle frente, a veces sin saber cómo. “¿Y si nos dormimos? ¿Y si soñamos? ¿Y si el sueño es en realidad algo colectivo?”, pregunta Francis, “¿Y si ahí existe una forma de resistencia, una forma de construir colectivamente para parar todo?”. Desde arriba de una colina vemos una madre andando en bicicleta con su hijo pequeño; los habitantes del Chaltén parecen haber comenzado a despertarse.