Por Iván Zgaib

1.
En el Chaltén, Flavia Visconte se convierte en una suerte de Indiana Jones de la era posmoderna. Ahora está tirada sobre el suelo, arrastrando sus brazos por la tierra seca. Levanta su celular en el aire y dispara una luz sobre las piedras de una cueva pequeña. En las paredes rocosas se ven marcas de distintos colores, todas deformadas por la eroción del tiempo. “Acá no veo ningún huemul, ¿vos ves algo?”, me grita desde ahí abajo.
Por ahora, las versiones sobre las antiguas pinturas rupestres escondidas en el Chaltén son muy distintas. Un hombre del Centro Andino dijo que eran manchas apenas perceptibles que no merecían ser señalizadas para el turismo. Otra de las fuentes, un viejo con antepasados aborígenes que vende souvenires en el pueblo, aseguró que eran una reliquia ancestral invisibilizada. En el trayecto de nuestra caminata varias personas dijeron que las pinturas de los huemules estaban ahí, debajo de alguna piedra. “Es la segunda roca a la derecha”, nos quiso orientar otro caminante. “¿Vos ves algo?, ¿ves el huemul?”, me grita Flavia desde el suelo. Pero yo no veo nada; ella tampoco. Hay tantas cavernas de piedra que ya perdimos la cuenta.

2.
Flavia llegó a la residencia de NidoErrante con un secador de pelo que no usa para peinarse. Por el contrario, lo enchufa cerca de una mesa y lo apunta a unas piedras pequeñas para secar las transferencias de imágenes: hace un par de horas está trabajando en el traspaso de emojis impresos en papel a unas rocas que encontró en el suelo del Chaltén. “Recién se me ocurrió armar una escena contemporánea con nuestra simbología más habitual”, me explica, “Y saqué una captura de pantalla de un chat de WhatsApp donde vi que eran todos símbolos, casi ninguna palabra”.
Así, su proyecto en la residencia se desarrolla al modo de un juego de temporalidades, donde el pasado, el presente y el futuro se combinan de una manera sugerente. Aprender las técnicas ancestrales de pintura es parte del proceso para transferir la iconografía digital a soportes naturales, como hacían los antepasados con las figuras de manos y huemules. Ahora es el turno de los cursores del mouse, que Flavia va a llevar desde el mundo de las pantallas a la naturaleza. “Estaba mirando una foto de las manos pintadas en una cueva y tenía la mano del cursor sobre la pantalla”, me dice en medio de una risa, “Y fue natural el vínculo entre lo ancestral y lo digital. ¿Cuál es mi mano en este momento? ¡Es ésta! Yo estoy trabajando con esta mano virtual ahora”.

3.
La búsqueda de Flavia en el Chaltén encuentra algunos obstáculos en el camino: la Cueva de las Manos queda demasiado lejos y las pinturas que están en el pueblo permanecen escondidas. En medio de su investigación, limar piedras, buscar pinturas ancestrales y ensayar viejas técnicas de transferencia la lleva a profundizar en las preguntas de su obra: ¿qué sucede cuando las identidades se construyen en el universo virtual? ¿qué pasa cuando nuestros rostros se convierten en avatars y cuando la comunicación muta a través de nuevas iconografías que naturalizamos como parte de nuestro día a día?
En el Chaltén, el acercamiento a las culturas ancestrales podría volverse un poco más tangible. Flavia revolcándose en la tierra, recostándose sobre las cuevas de piedra, es lo más cerca que está de viajar en el tiempo. No encontramos ninguna de las pinturas de huemules, así que ella intenta conectarse desde su celular para googlear la ubicación. “Sin conexión”, se lee en la pantalla, al lado del dibujo de un dinosaurio. “¿Ves?, ¡Mirá!”, me dice entusiasmada, señalando al animal prehistórico en su teléfono, “¿Ves que la relación con lo ancestral aparece en todos lados?”. Y se ríe.